La irrupción de las nuevas tecnologías, los dispositivos médicos móviles, sensores y wearables, así como el incremento de la información accesible al ciudadano, con la aparición de blogs y comunidades virtuales especializados en temas de salud, han influido en que el paciente de hoy en día demande un papel más activo en el cuidado de su salud.

Según los últimos datos del Observatorio Nacional de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información (ONTSI), un 60,5% de los usuarios de Internet utiliza la red para consultas de salud sobre síntomas o patologías, y uno de cada cinco realiza la misma búsqueda a través de las redes sociales. ¿Está cambiando la relación entre el profesional médico y un paciente cada vez más empoderado?

Para Antonio Burgueño, director del Proyecto Impulso para la Gestión de Riesgos para la Seguridad del Paciente, una relación de confianza entre el médico y el paciente es la base de la buena medicina. “Me cuesta creer que debamos olvidar esta relación para pasar a lo que llamamos empoderamiento. Eso no quita que el paciente no deba cuidar su salud y aplicarse cuidados para la buena evolución de su patología. Pero eso no es nuevo, ni en la salud de la población ni en la atención sanitaria”, apunta. “Por otra parte, corremos el riesgo de que una población excesivamente preocupada por el mantenimiento de su salud, sea perjudicial. Miles de apps de salud que pretenden monitorizarnos, ‘el efecto Doctor Google’, el incremento de lesiones por forzar el cuerpo por la práctica de ciertos deportes o la intensidad de los mismos, mala alimentación buscando la salud alimentaria, etc. Todo por la misma causa: una falta de conocimiento de la realidad de nuestro cuerpo, interpretación de síntomas, etc. Personalmente, me niego a empoderarme, pero sí me apunto a ser responsable ante los consejos y recomendaciones de mi médico de confianza”.

La corresponsabilidad en la gestión de la propia salud es un proceso natural que se viene desarrollando a lo largo de los años y asienta sus bases en un ciudadano cada vez más formado y en la capacidad de acceso a la información que nos ofrecen las herramientas informáticas, la tecnología digital e Internet, fundamentalmente, subraya por su parte, el director general de la Fundación IDIS, Manuel Vilches. “La relación médico-paciente cada vez es más fluida y, por lo tanto, hemos pasado de un paciente pasivo a un paciente activo y preocupado por su salud, lo que supone sin duda un reto para el profesional puesto que ha de estar al día de los ingentes y constantes avances científicos y para el propio sistema que precisa dar suficiencia en todos los órdenes a las necesidades de este nuevo paciente empoderado”.

Lo que nunca podrá el paciente ni las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) es sustituir al médico. Pero éste a su vez debe entender que su sistema tradicional asistencial debe compaginarse con el uso de los nuevos canales de comunicación con el paciente y aprender a empoderar a éste para que la relación médico-paciente sea más eficiente y fructífera”, apunta por su parte Jesús Gómez, presidente ejecutivo de la Clínica de la Asunción de Tolosa.

 ¿Pero hasta qué punto este nuevo paciente empoderado está influyendo en el sistema? En opinión del doctor Burgueño, no es tanto una cuestión del sistema sino de las habilidades del profesional clínico para motivar al paciente hacia el cuidado y la prevención. “Y es una cuestión de comportamiento social”.

En este sentido, los retos del sistema pasan, según el doctor Vilches, por cumplir con las expectativas y necesidades del paciente, fundamentalmente, teniendo en cuenta la evidencia científica disponible. “Para ello, sin duda, se requiere suficiencia de recursos en todos los órdenes: financieros, estructurales, de recursos humanos, tecnológicos, etc. En este apartado adquiere una relevancia muy especial todo lo relacionado con la equidad y el acceso al sistema puesto que de todos es sabido las dificultades que plantean en este momento este orden de cosas”.

“Es bueno para el sistema sanitario que los pacientes asuman un papel activo en la gestión de su salud porque facilita la prevención de enfermedades, y puede ahorrar tiempo a los propios doctores, haciendo su práctica más eficiente y por tanto, disminuyendo el gasto sanitario”, señala por su parte el doctor Gómez Montoya, para quien el reto más importante ante este paciente empoderado es para los médicos, que tendrán que adaptarse a las nuevas necesidades. “Los profesionales médicos debemos alertar sobre la información de salud fraudulenta en Internet y recomendar o generar otras fuentes de información de calidad, bajo el principio de que nada puede sustituir una consulta o las pruebas diagnósticas, y que tener más poder no significa capacidad para autodiagnosticarse o automedicarse”.

De hecho, no todos los pacientes son candidatos a empoderarse porque no todos los pacientes tienen la edad, motivación y/o nivel cultural y de estudios suficiente para entender y actuar de manera responsable con su enfermedad. “No obstante, con la suficiente explicación por parte del médico responsable, la mayoría de los pacientes son capaces de asumir sus responsabilidades al respecto”, aclara Gómez Montoya.

Patologías crónicas

En el caso de los enfermos crónicos, los beneficios de un sistema más participativo son evidentes tanto para el paciente como para el propio profesional sanitario. “Se establece una relación de corresponsabilidad a la hora de gestionar la salud de un individuo, una relación en la que existe una implicación directa por parte de quien tiene un problema de salud. Si éste tiene un carácter crónico, más todavía, puesto que precisa de una atención constante. En este ámbito, tiene una importancia determinante las ventajas que nos ofrecen las TIC en el control y seguimiento de este tipo de pacientes, que a veces presentan con comitancias y están polimedicados”, añade Vilches.

La cronicidad requiere de una reorientación del sistema sanitario, que en la práctica es adaptar los procesos, organizaciones y finalmente las infraestructuras a esta nueva realidad, apunta Burgueño. “Desde hace décadas se trabaja la educación para la salud, la promoción de la salud, la prevención, etc. No creo que estemos ante ningún modelo, sino una forma de hablar de lo mismo con términos diferentes. El beneficio de que las personas sean responsables y dimensionen bien sus dolencias y lo que pueden esperar de la sanidad, son indiscutibles: reducción de los costes sanitarios, para empezar. Pero no por ajustes presupuestarios, sino por ajustes a las necesidades reales de la población”.

El auge de las apps de la salud y el desarrollo de Internet han facilitado la aparición de un paciente 2.0 que quiere participar de forma más activa en su recuperación.

Los programas que se están desarrollando en los ámbitos de educación sanitaria y promoción de la salud para el empoderamiento de los pacientes son múltiples y no sólo a iniciativa de las diferentes administraciones sino a través de las asociaciones de pacientes y sociedades científicas fundamentalmente. “Los propios centros asistenciales organizan cursos, jornadas y seminarios en el ámbito de la educación sanitaria, desde la deshabituación al tabaco hasta cursos de psicoprofilaxis obstétrica, pasando por nutrición o cuidados en pacientes dependientes o hábitos saludables y manejo del paciente oncológico. Los ejemplos son múltiples y por hablar también de tecnología, la red está llena de cursos MOOC (massive open online courses) en el entorno del e-learning. Sin olvidar el ingente número de apps de salud existentes en el mercado que facilitan esta aproximación del paciente y su entorno a los cuidados y atenciones necesarias”, cita como ejemplo Manuel Vilches.

Personas con diabetes, hipertensión, colesterol alto y otras patologías están aprendiendo técnicas para hacer más eficientes sus tratamientos y mejorar su calidad de vida. “En nuestro Hospital se ha iniciado este programa con pacientes diabéticos pero aún es prematuro sacar conclusiones. Nuestra impresión es que facilita la tranquilidad del paciente y disminuyen las visitas ambulatorias con un similar control de las cifras de glucosa al del sistema tradicional”, señala el presidente de la Clínica de la Asunción.

“Hay muchísimo trabajo en el campo de la tercera edad y también en patologías específicas dentro de la cronicidad. Hay algunas experiencias más sonadas, sobre todo si llevan un componente tecnológico que permiten que nos “fascinen” más. Pero en cualquier centro de día, residencias, etc., se trabaja en esta línea. Educadores sociales, asistentes sociales, y otros profesionales dedican su día a día a ello, y desde hace muchos años”, recuerda Antonio Burgueño.

Una nueva relación

 La aparición de este tipo de paciente, que es corresponsable en la gestión de su salud, ha traído así una nueva relación con el profesional médico que beneficia a ambos: al paciente por su implicación, corresponsabilidad e involucración que, en definitiva, impacta positivamente en su salud; y al profesional sanitario porque estimula su manera de hacer bien las cosas estando al día de los avances más relevantes. “Pero también es cierto que la relación médico paciente precisa de otros elementos fundamentales: tiempo, comunicación con mayúsculas, empatía e inteligencia emocional y de esos aspectos es de lo que andamos hoy por hoy un poco escasos”, advierte Manuel Vilches. “Hemos de pensar que estos parámetros son fundamentales para que el proceso asistencial fluya adecuadamente en estos nuevos tiempos, en esta era de la comunicación y la información por antonomasia”. Para Vilches, un paciente empoderado puede además contribuir a la sostenibilidad del sistema de una forma determinante puesto que hace un uso más adecuado de los recursos en general, trata de evitar redundancias y es mucho más preciso en el seguimiento de las recomendaciones y tratamientos interpuestos. “Está demostrado que este tipo de pacientes tiene una adherencia a las terapias prescritas por el profesional sanitario mucho más elevada que otro perfil de pacientes y eso sin duda redunda, no solo en el pronóstico de su enfermedad, sino además en un uso más racional y adecuado de los recursos que pone a su disposición el sistema”.

Para Gómez Montoya, unos usuarios más informados y más responsables mejorarían el sistema. “Habría que medir el valor real añadido que el empoderamiento del paciente puede aportar y, a partir de ese punto, promover un cambio de mentalidad entre la ciudadanía y los profesionales del sector. En todo caso, es evidente que hay que incorporar al paciente como agente activo en el sistema sanitario y procurar que esté dispuesto a cooperar y corresponsabilizarse de su salud. Una mejor organización de los recursos y una disminución de costes, serían consecuencias inmediatas sobre el sistema”.

“La relación con el médico cambió cuando se pasó de una relación de confianza a una búsqueda de la satisfacción del paciente que ha supuesto un incremento de las exigencias de los pacientes, no siempre justificadas”, señala por su parte el doctor Burgueño. “Pero como decía Pedro Laín Entralgo, la confianza sí que es la base del humanismo médico, por lo que no debemos olvidarla”.

Los beneficios de estas nuevas formas de comunicación más participativas son evidentes tanto para el paciente como para el propio profesional sanitario.

Internet como fuente de información sobre salud

 

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